viernes, 9 de diciembre de 2011

Relato: Garipilo

Lo escribí el año pasado para mi taller de teatro... Pueden empezar a dormirse.

Garipilo

Gabriel o Gari, como lo conocían muchas personas, era un hombre viejo, muy viejo a decir verdad. Él vivía solo en una casa, que algún día había pertenecido a sus padres, y en donde había vivido con su familia posteriormente. Al pobre anciano, le gustaban mucho los deportes, por lo que gracias a su hijo menor, tenía una sala de estar muy bien acondicionada para ver los partidos, con un televisor muy moderno. Tenía tres hijos, y dos de ellos muy de vez en cuando se acordaban de él. El mayor de los tres, había conseguido seguir con el trabajo familiar, se había ocupado de obtener el consultorio dental, que su padre no podía seguir atendiendo; el hijo mediano, a duras penas había conseguido graduarse y conseguir trabajo como un contador mediocre; mientras tanto; el menor de sus hijos, que llevaba una clara diferencia de casi más de diez años entre sus hermanos, hacía unos meses que acababa de graduarse como arquitecto. Él era, el que con más frecuencia visitaba al anciano hombre. Se compadecía mucho de su padre, ya que nadie más lo hacía, porque Gari padecía de una grave discapacitación.

En sus años de joven, a Gari se le habían contagiado sus piernas de un extraño virus, cuando al ir alcanzando su sueño de ser odontólogo, al irse a estudiar a una ciudad muy avanzada, le sucedió esto. Sus piernas nunca volvieron a ser las mismas. Su única opción era amputárselas, porque le habían quedado inútiles, pero él se negó a esa oferta, si ya no le servirían para nada, ¿qué caso tendría que se las quitaran? Pero él nunca perdió la confianza ni mucho menos la esperanza en que algún día podría recuperar sus piernas. Nunca dejó de tener fe. Él era muy religioso, y creía que lo que le había pasado era un obstáculo que tenía que afrontar, y que pronto volvería a ser normal. Pero la realidad, parecía ser otra.
A Gari, ya nadie se le acercaba, sobre todo las chicas, que antes de que él tuviera su desgracia, le llovían por todos lados, ya que, después de todo, él era muy guapo y disfrutó de su fortuna por muchos años. En los siguientes años, Gari se ganó el apodo de Gari, Piernas Locas, pero nunca faltó uno más gracioso que dijo que ese nombre era demasiado largo, y se lo acortó a GariPiLo. Sólo eran él y su compañero de habitación, al que apenas había conocido, y se había hecho su mejor amigo. Gari, o ahora Garipilo, creía que nunca llegaría a casarse. Pero el destino le puso a una mujer muy buena en su camino, que al igual que él, creía que nunca se casaría. Fueron la primera y única relación amorosa que habían tenido, y a los pocos meses de conocerse, se casaron. Gari no podía ser más feliz. Al fin tenía la certeza, de que aquella mujer lo amaba de verdad, y no se le acercaba sólo por su cara bonita, porque sabía que pasar el resto de la vida con él, conllevaría a tener, sino muchos problemas, serían más bien, inconvenientes. Gari no podía valerse por sí mismo para muchas cosas, como bañarse o tratar de ponerse los pantalones. Como fuese, su mujer se fue a vivir con él, a la ciudad natal de éste. Gari le enseñó a su esposa su profesión. Pronto, los dos, habían montado su propio consultorio a unas calles de su casa.
Gabriel vivió los años posteriores con mucha alegría. Él era muy alegre, al igual que su esposa. Cuando los invitaban a fiestas, se notaba que ellos eran los que más lo disfrutaban. Aunque Garipilo no podía bailar, se movía más que suficiente desde su silla de ruedas, y ni qué decir de la mujer, que prefería quedarse en la mesa moviendo el torso y los brazos con él, que aceptar la invitación de alguien más para salir a la pista. Aunque, a veces, sólo a veces, aceptaba la de sus hijos. Ése, había sido el "sueño dorado" de Gari desde que se casó: poder bailar con su esposa con sus propios pies; ya que ella, había sido una gran bailarina desde joven, y ahora, él la había privado de ese placer, al no poder sostenerse en pie por sí solo.
 Al pasar el tiempo y al ir creciendo los hijos, Gari y su esposa, se hacían viejos. Al cumplir los sesenta y tres años, la esposa de Gari murió de un ataque cardiaco. Garipilo, no volvió a ser el mismo, nunca más. Se había quedado solo en su enorme casa. Nadie lo iba a visitar. Sólo se encontraban él y sus medicamentos, tratamientos para su recién adquirida asma y algunas cápsulas para mantener a temperatura sus inútiles piernas, que a veces tornaban con volvérseles frías.
Pero a pesar de no usar mucha medicación, Gari parecía tener toda una farmacia en su casa. Por todos lados, habían quedado regados frascos y botes de pastillas, ungüentos  y otros tipos de fármacos. Las medicinas que su esposa usaba, por su mala salud. Algunos botes, estaban ya caducos, otros, no se habían terminado por completo y unos tantos más, aún ni se habían abierto, es más, ni el propio Garipilo sabía para qué servían ésas. 
Un día, al terminar un partido de béisbol, Gari se tomó la molestia de botar todos los frascos contenedores de químicos ya inútiles en esa casa, porque no soportaba ver las cosas en desorden, y además, ya no tenía nada más que hacer hasta la hora de la cena, y si él no hacía esa tarea, nadie más lo haría por él. Se paseó el resto de la tarde en su silla de ruedas, de un lado a otro de la casa, arrastrando tras él, una gran bolsa negra de basura. Cuando estaba a punto de tirar una caja de regalo nueva aunque empolvada, que tenía todavía el envoltorio de papel amarillento, se dio cuenta, de que a un lado del paquete había una nota. Enseguida reconoció la pulcra letra de su compañero de habitación, cuando estudiaban su facultad.

Gari, colega:
Lamento no poder haber asistido a tu último cumpleaños, la verdad no sé si por fin te hicieron algo tus hijos, como hace dos años, pero aún así, no me olvidé de ti y te he conseguido esto. Mi hijo Hugo, que ahora es químico, ha conseguido hacer un nuevo invento y ha recibido muchos reconocimientos por ello. Te mando una muestra de lo que ha conseguido, y espero que te pueda funcionar y te haga más feliz.
Con afecto,
Tu colega Antonio.

Gari, a duras penas había conseguido leer aquella nota, ya que, por una extraña razón, ya no encontraba sus lentes por ningún lado. Al terminar, consiguió desenvolver el paquete, y se preguntó, porqué su esposa nunca había mencionado nada acerca de ese regalo, quizá al igual que él, creyó que se trataba de más medicamentos y no había visto la nota.
La caja contenía un pequeño frasco, más pequeño que su meñique y tenía una punta en forma de embudo, como un gotero; el frasco era de un color cobre, pero se podía admirar el líquido brillante que contenía. En la etiqueta frontal decía "Garipilo" el nombre de lo que contenía aquel frasco. No indica el modo de uso, sólo había unas pequeñas instrucciones de Antonio.
"Esta es la medicina de la felicidad, la cura del alma. Úsala como creas que más te convenga; pide un deseo ajeno, y lo más seguro es que se te cumpla".
Gari no sabía qué hacer, ni qué pensar. Eso debía de ser un chiste. Para empezar, no sabía cómo pedirle a ese frasco un deseo y además, no estaba seguro de si eso de verdad funcionaba, aunque naturalmente, eso no fue lo que más lo preocupaba, porque siempre había confiado en su amigo y colega Antonio. Entonces debía de ser cierto, si Garipilo de verdad funcionaba, la solución a sus problemas estaba a muy poca distancia. Pero, ¿a qué se refería Antonio al decir "pide un deseo ajeno"?
-          ¿Pedir un deseo ajeno? -se dijo, haciendo resonar su áspera y grave voz por toda la habitación.
Eso no tenía mucho sentido. Si tenía que pedir un deseo ajeno, entonces, no estaría usando aquel líquido para su beneficio, sino para el de alguien más.
-  Piénsalo muy bien, Garipilo. Sólo concedo un deseo por persona -dijo Garipilo, con una voz muy aguda, parecida a la de un duende.
¿Cómo es que había pasado eso? ¡Los frascos no hablaban! Gari estaba entre asustado y divertido.
La cara de susto y de sorpresa de Gari, debió de llamar la atención de Garipilo, que volvió a hablar y dijo:
-  Gabriel, he estado en esa vieja caja por mucho tiempo. Te conozco muy bien. He estado deseando el momento de que me abrieras desde hace demasiados años. Y sé que eres capaz de pedir un deseo ajeno.
-  ¿Pero qué se supone que es un deseo ajeno? -inquirió Gari, perplejo ante la idea de hacerle caso a un envase de vidrio.
-  Eso sólo tú lo puedes saber. Piénsalo bien, no es muy difícil. ¿Qué es lo que más deseaste toda tu vida, Gabriel?
-  Pues, desde los diecinueve años, poder caminar… Pero  si deseo poder caminar, será un gusto para mí, y aquí dice que debo pedir un deseo ajeno… -Gari estaba muy pensativo en eso…
-  Gabriel, ¿para qué deseas poder caminar, si ya estás acostumbrado a vivir sin la ayuda de tus piernas? Te vales muy bien, usando sólo tus brazos -dijo Garipilo.
-  Pues no sé -respondió Gari, dándose por vencido-. Después de que quedara paralítico, no me importaba volver a caminar… bueno sí, pero no lo deseé con tanto fervor hasta que me casé con Sofía. 
-  ¿Por qué? -preguntó Garipilo entusiasmado, sabía que Gari estaba cerca de la respuesta.
-  Porque por mi culpa ella no volvió a bailar, ¡nunca más! -Gari agachó la cabeza y dio reversa en su silla de ruedas, dejando a Garipilo solo en la mesa.
-  ¡Hey! -llamó Garipilo, haciéndose notar.
-  ¿Qué quieres? -respondió de mala gana Gari desde el otro lado de la habitación.
-  ¿Y ya no vas a pedir tu deseo? ¿Te has olvidado de mí? -preguntó Garipilo.
-  Ya no tiene caso -dijo el viejo hombre cansado-. Sofía ha muerto. No tendría caso que pidiera que ella fuera feliz, que se casara con un hombre con el que pudiera ser feliz, que ella volviera a bailar, si ya murió.
-  Pero ¿por qué tendría que volver a bailar Sofía? Ella podía bailar -dijo Garipilo-. Eras tú el que no podía y aún no puede, ella no bailaba porque no soportaba que la vieras bailando, cuando sabía muy bien que tú no podías.
-  Entonces, ya no tengo ningún deseo -dijo el hombre.
-  ¡Pues fíjate que sí lo tienes! -respondió algo exasperado Garipilo, ya le estaba empezando a fastidiar que Garipilo no comprendiera lo que trataba de decirle- Mira, no puedo hacer que Sofía reviva, ¿de acuerdo? Y tampoco puedo hacer que ella se case con alguien con piernas que funcionen, porque desgraciadamente, tampoco puedo retroceder el tiempo. Pero lo que puedes hacer es, que desde donde esté ella, pueda sentirse orgullosa de ti. ¡Eso sí! La harías feliz, bueno, no lo sabrás a ciencia cierta, pero tendrás la certeza de que a ella le habría gustado verte como siempre has querido.
-  Entonces la haría feliz a ella, y de paso también a mí, ¿cierto? -dijo emocionado Gari.
-  ¡Sí, sí, segurísimo! -Garipilo tenía una gran sonrisa atravesando su cuerpo y a Garipilo le brillaban los ojos- Entonces, ¿qué esperas? -lo animó Garipilo-. Pide tu deseo, colega.
Aquella última frase, aunque salió de la boca de Garipilo, Gabriel habría jurado que fue la voz de su amigo Antonio la que escuchó, y no la chillona resonancia del frasco. Pero no le dio mucha importancia, y tomó a Garipilo entre los dedos, cerró los ojos y dijo:
-                             - Garipilo, deseo… poder bailar… -entonces, bebió el contenido de Garipilo.
Enseguida, el hombre abrió los ojos y sintió un escalofrío por todo su cuerpo. Sentía que se congelaba, luego, el frío bajó a sus piernas y ahí se estancó; minutos después desapareció esa sensación. Gari estaba sin habla, pero estaba seguro de que sentía la sangre correr por sus piernas. Vio que Garipilo abría la boca para decir algo.
-                     - ¿Estás bien? ¡Habla, mueve un brazo o algo! -escuchó que le gritaba, pero no fue la voz de Garipilo la que había escuchado, sino que había escuchado la voz de alguien más, pero muy, muy lejos.
Gabriel podía sentir cómo lo sacudían de los hombros. Eran unas sacudidas desesperadas. Entonces, ahora sí abrió los ojos. Y vio a su hijo, al menor de los tres, al que lo llegaba a visitar todos los sábados en la tarde. Gari contempló a su alrededor.
-                                 - Te has quedado dormido -dijo el hijo de Gari.
-                                 - Hum  -contestó el hombre-. Me pasó algo raro, fue muy extraño -Gari sentía ese recuerdo muy vívido aún.
El hijo no hizo caso a lo que decía Gari y se fijó en lo que su padre sostenía en las manos.
-                                  - ¿Qué llevas ahí? -preguntó el nuevo arquitecto.
-                                  - ¿Dónde? -preguntó Gari.
-                                  - En las manos, ¡dónde más! ¿Te estabas auto medicando de nuevo? -lo reprendió.
-                                  - ¡No, claro que no! -se defendió Gari- Esto es un regalo de mi amigo Antonio, me lo obsequió en mi último cumpleaños -y apretó más fuerte con sus manos el frasco de vidrio para impedir que se lo arrebatara.
-                                   -¿Antonio? ¿Tu colega? ¡Por favor! -el hijo estaba muerto de risa- Pero si él murió hace unos quince años, ¿no lo recuerdas?
-                                    - Eso no es posible, ¡me ha obsequiado esto! -gritó Gari.
-                                   - No, no es así. Yo mismo te llevé a su funeral. Creo que te ha afectado un poco dormirte antes de tu hora, hoy.
-                                   - Pero esto -Gari alzó el frasco de vidrio a la altura de los ojos de su hijo-, dice…  él dice que es la cura del alma, la medicina de la felicidad.
-                                   - ¿De dónde has sacado eso? Ni siquiera existe tal tontería. A ver… -el menor de los hijos de Gabriel le arrancó de las manos lo que sostenía en ellas.
Gari enfocó su vista en lo que ahora tenía su hijo. Sí, era un frasco de vidrio color bronce y algún extraño líquido brillaba dentro, pero no decía que se llamara Garipilo por ningún lado. Tenía una etiqueta simple y de un amarillo chillón que decía: Gastrilino.
-                                    - Esto sólo es tu medicamento para la gastritis -le dijo el joven, hizo una pausa y luego exclamó-: Sí, tienes razón, es un milagro que exista, realmente es la medicina de la felicidad.
   

     
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